La poliomielitis es una enfermedad neurológica de origen infeccioso que, aunque se ha reducido considerablemente gracias a la vacunación, continúa representando un desafío para la salud pública.
En los últimos años, se han reportado nuevos casos en regiones donde la enfermedad no era habitual, recordándonos que sus consecuencias siguen vigentes. La afectación principal de la poliomielitis se produce en el sistema nervioso, generando alteraciones motoras que impactan de forma directa en la movilidad, la función muscular y la autonomía del paciente.
Desde el enfoque de la rehabilitación neurológica, la fisioterapia desempeña un papel fundamental tanto en la fase inicial de la enfermedad como en el tratamiento de sus secuelas.
Por ello, en este artículo te explicamos qué es la poliomielitis, cómo se manifiesta y cuál es el papel de la fisioterapia neurológica en su tratamiento, destacando la importancia de una intervención temprana, individualizada y basada en la evidencia.
¿Qué es la poliomielitis o polio?

La poliomielitis, también conocida como polio, es una enfermedad infecciosa de origen viral que afecta principalmente al sistema nervioso. Está causada por el poliovirus, un virus altamente contagioso que puede provocar desde infecciones leves hasta cuadros neurológicos graves con parálisis.
Aunque gracias a los programas de vacunación su incidencia ha disminuido de forma significativa, la poliomielitis no ha sido erradicada por completo y sigue siendo una patología relevante.
El poliovirus tiene una especial afinidad por el sistema nervioso central, en particular por las neuronas motoras encargadas de controlar el movimiento muscular. Cuando estas células se ven afectadas o destruidas, se produce una pérdida del control voluntario del músculo, lo que explica la aparición de debilidad, flacidez y atrofia muscular características de la enfermedad. Esta afectación neurológica es la responsable de las limitaciones funcionales que, en muchos casos, requieren un proceso de rehabilitación prolongado y especializado.
Desde el punto de vista clínico, no todas las personas infectadas desarrollan síntomas neurológicos. En muchos casos, el sistema inmunológico logra eliminar el virus antes de que alcance el sistema nervioso.
Sin embargo, cuando la infección progresa y compromete estructuras como la médula espinal o las meninges, pueden aparecer secuelas motoras permanentes. Es precisamente en estos casos donde la rehabilitación neurológica y la fisioterapia juegan un papel esencial, ayudando a preservar la función, prevenir deformidades y mejorar la calidad de vida del paciente.
¿Cómo se transmite?

La poliomielitis se transmite principalmente por contacto con el poliovirus, un virus que puede ingresar al organismo humano a través de diferentes vías. La forma de contagio está estrechamente relacionada con las condiciones de higiene, el acceso a agua potable y las medidas de saneamiento, por lo que históricamente ha sido más frecuente en regiones con infraestructuras sanitarias deficientes.
La vía de transmisión más común es la vía fecal-oral, es decir, a través de la ingestión de alimentos o agua contaminados con partículas fecales de personas infectadas. Esto puede ocurrir cuando no se realiza un adecuado lavado de manos, cuando los alimentos son manipulados sin medidas higiénicas correctas o cuando existen sistemas de alcantarillado ineficientes. Una vez ingerido, el virus se aloja inicialmente en el tracto gastrointestinal.
En menor medida, el poliovirus también puede transmitirse por la vía respiratoria, a través del contacto con secreciones de una persona infectada, como saliva o gotículas expulsadas al toser o estornudar. Esta forma de contagio es menos frecuente, pero posible, especialmente en entornos cerrados o con alta densidad poblacional.
Es importante destacar que una persona infectada puede transmitir el virus incluso antes de presentar síntomas, o incluso sin llegar a desarrollarlos. Esto explica la facilidad con la que la poliomielitis puede propagarse y refuerza la importancia de la prevención mediante la vacunación.
¿Qué ocurre en el cuerpo cuando entra el poliovirus?

Una vez que el poliovirus ingresa al organismo, inicia un proceso de infección que puede evolucionar de diferentes maneras según la respuesta del sistema inmunológico de cada persona.
En una primera fase, el virus se multiplica en el tracto gastrointestinal, especialmente en la orofaringe y el intestino, donde puede permanecer durante varios días sin provocar síntomas evidentes.
En muchos casos, el sistema inmunológico logra detener la infección en esta etapa inicial mediante la producción de inmunoglobulinas, también conocidas como anticuerpos. Estas proteínas reconocen y neutralizan al virus, impidiendo que continúe su propagación. Cuando esto ocurre, la persona puede cursar la infección de forma leve o incluso asintomática, sin que se produzcan daños neurológicos.
Sin embargo, en algunos casos el poliovirus logra atravesar la barrera intestinal y pasar al torrente sanguíneo. Desde allí puede diseminarse por todo el cuerpo hasta alcanzar el sistema nervioso central. El virus muestra una especial afinidad por determinadas estructuras nerviosas, en particular las neuronas motoras de la médula espinal y las células de las meninges, que son las membranas encargadas de proteger el cerebro y la médula.
Cuando el poliovirus llega a estas estructuras, provoca una reacción inflamatoria que puede dañar o destruir las neuronas afectadas. La muerte de las neuronas motoras impide la correcta transmisión de los impulsos nerviosos hacia los músculos, lo que da lugar a la aparición de debilidad muscular, flacidez y, en los casos más graves, parálisis.
Este daño neurológico es el responsable de las alteraciones funcionales que posteriormente requieren un abordaje especializado desde la rehabilitación neurológica y la fisioterapia.
Consecuencias de esta enfermedad: Síndrome Postpolio
Tras superar la fase aguda de la poliomielitis, muchas personas experimentan un período de estabilidad clínica que puede durar años o incluso décadas. Durante este tiempo, las secuelas neurológicas iniciales parecen mantenerse sin grandes cambios y el paciente logra adaptarse funcionalmente a sus limitaciones.
Sin embargo, en un porcentaje significativo de personas que padecieron poliomielitis, este período de estabilidad se ve interrumpido por la aparición de nuevos síntomas, dando lugar a lo que se conoce como Síndrome Postpolio.
El Síndrome Postpolio es una condición neurológica tardía que se caracteriza por una debilidad muscular progresiva, fatiga intensa y dolor, que suele manifestarse en los mismos músculos que fueron afectados durante la infección inicial, aunque también puede aparecer en músculos que previamente parecían no estar comprometidos.
Esta reaparición de síntomas se debe al desgaste progresivo de las neuronas motoras que sobrevivieron a la infección y que, durante años, compensaron la pérdida de otras neuronas dañadas.
Desde el punto de vista musculoesquelético, el Síndrome Postpolio puede provocar alteraciones posturales y deformidades articulares, como escoliosis, desequilibrios en la pelvis y sobrecarga en caderas, rodillas y columna vertebral. Estas alteraciones no solo generan dolor, sino que también afectan la marcha, el equilibrio y la capacidad para realizar actividades de la vida diaria, aumentando el riesgo de caídas y la dependencia funcional.
Tratamiento de la poliomielitis desde la fisioterapia

La fisioterapia desempeña un papel fundamental en el abordaje de la poliomielitis, tanto durante la fase aguda de la enfermedad como en el tratamiento de sus secuelas a largo plazo.
Dado que el daño provocado por el poliovirus afecta directamente al sistema nervioso y al control motor, la intervención fisioterapéutica debe ser especializada, individualizada y orientada a preservar la función, prevenir complicaciones y mejorar la calidad de vida del paciente.
Fisioterapia durante la fase aguda de la poliomielitis
Durante la infección activa, el tratamiento fisioterapéutico se centra principalmente en la prevención de complicaciones derivadas del encamamiento prolongado y de la afectación neuromuscular.
Uno de los objetivos prioritarios es el mantenimiento de la función respiratoria, especialmente en aquellos pacientes en los que existe riesgo de compromiso de los músculos respiratorios. Para ello, se aplican técnicas de fisioterapia respiratoria que favorecen una ventilación adecuada y previenen infecciones pulmonares.
Asimismo, el fisioterapeuta trabaja para conservar, en la medida de lo posible, la fuerza muscular y los rangos de movimiento articular. A través de movilizaciones pasivas y activas asistidas, se busca evitar rigideces, retracciones musculares y deformidades articulares.
En algunos casos, puede ser necesario el uso de órtesis o férulas con el fin de mantener una correcta alineación de las extremidades y prevenir alteraciones posturales durante esta etapa.
Fisioterapia en el Síndrome Postpolio
En la fase de secuelas y en el Síndrome Postpolio, la fisioterapia adquiere un enfoque diferente, orientado al manejo del dolor, la fatiga y las alteraciones musculoesqueléticas. El tratamiento del dolor puede incluir técnicas de electroterapia, terapia manual y estrategias de control postural, siempre adaptadas a la tolerancia y capacidad del paciente.
El ejercicio terapéutico se utiliza de forma cuidadosamente dosificada, ya que el objetivo no es forzar músculos debilitados, sino mantener la función existente y prevenir un mayor deterioro.
También se trabaja sobre las deformidades asociadas, como la escoliosis o los desequilibrios en caderas y rodillas, con el fin de mejorar la estabilidad y la eficiencia del movimiento.
En definitiva, la poliomielitis es una enfermedad neurológica que, aunque hoy es poco frecuente, puede dejar secuelas motoras importantes que afectan de manera significativa la movilidad, la autonomía y la calidad de vida de quienes la han padecido.
Un abordaje adecuado no termina con la fase aguda de la infección, sino que requiere un seguimiento especializado y una intervención rehabilitadora adaptada a cada etapa de la enfermedad. En Neuraces, la fisioterapia se orienta a preservar la función, aliviar el dolor, prevenir deformidades y acompañar al paciente en su proceso de adaptación funcional. La atención individualizada y basada en la evidencia permite ofrecer a cada persona las herramientas necesarias para mantener el mayor grado de independencia posible y mejorar su bienestar a largo plazo.